Hipocresía S.L.

Quizás uno de los mayores problemas del siglo XXI sea el de aparentar ser quien no se es, no por la inmoralidad intrínseca del concepto en sí, sino por las consecuencias que provoca. Enarbolar una bandera que no es la tuya en pos de convertirte en el héroe del momento puede otorgar una súbita fama que aumente exponencialmente en horas gracias a la difusión en las redes sociales, pero de la misma manera también puede sumirte en el ostracismo más absoluto, por una puntual pérdida de credibilidad que desmonte toda la parafernalia artificial generada alrededor del personaje.

Las armas arrojadizas que utiliza habitualmente el hipócrita suelen ser el ventajismo y la demagogia, esto es, dado que se apropia de unos valores con los que no se identifica, ¿por qué no adaptarlos a las necesidades argumentales para obtener rédito de una situación concreta y emplearlos contra sus enemigos potenciales? El dilema que se desprende de este comportamiento es que en la era de la información es relativamente sencillo que te pillen en un renuncio y que el susodicho ofrezca dos titulares – bendita hemeroteca – en un corto espacio de tiempo, en los que donde dije digo, digo Diego.

El perfil descrito se adapta perfectamente a varios personajes mediáticos que han convertido su discurso, reducido a una simple sucesión de mensajes populistas en permanente búsqueda del aplauso fácil, en su modus vivendi. Existen ejemplos a lo ancho de todo el espectro ideológico, pero comparten una característica común: influencia sobre las masas. Generalmente suelen ser profesionales relevantes de algún medio de comunicación o tener acceso a una tribuna que les otorga capacidad de difusión de su mensaje. Me estoy refiriendo a sujetos de la talla de Jordi Évole (Salvados), El Gran Wyoming (El intermedio), Pedro J. Ramírez (exdirector de El Mundo), Risto Mejide (Viajando con Chester), Federico Jimenez Losantos (antiguo buque insignia de la cadena COPE) o Iñaki Gabilondo (antes cabeza visible del grupo PRISA).

Absolutamente todos ataviados de una objetividad tan exacerbada como inexistente, pero claramente escorados a uno u otro lado del ideario político, suelen disfrutar aplicando su cinismo y capacidad de destrucción contra las filas enemigas, pero se muestran condescendientes cuando el problema se origina en las tropas aliadas, incluso desplegando las cortinas de humo requeridas. Con el «y tú más» como máximo argumento, tratan de crear opinión en lugar de transmitir información, prostituyendo la sagrada profesión periodística.

Groucho Marx

En ocasiones, ni siquiera la lealtad a unos principios les hace mantener la coherencia de su disertación, sino solo su sumisión al poder. La manipulación en este caso tiene un origen ajeno al periodista, proviene de presiones políticas o económicas. Este último es un factor muy a tener en cuenta, dada la composición de los consejos de administración de las editoriales de los grandes grupos de comunicación. Ya no podemos considerar a la prensa como el Cuarto Poder, dada su dependencia de agentes externos. Se trata de un hecho recurrente en España, que también puede observarse en la nula separación de los poderes del Estado.

En el siguiente artículo se desarrolla ampliamente lo comentado en el párrafo anterior:

¿Quién está detrás de los medios de comunicación en España?

La otra gran corriente de manipulación puede proceder del propio informador. Cuando éste adquiere más importancia que la información, es relativamente sencillo que la subjetividad sea la característica principal del relato. No son pocos los profesionales que no han dudado en emplear como ariete los medios en los que trabajaban para llevar a cabo venganzas de carácter exclusivamente personal. Esto ha llegado a provocar destituciones e incluso el veto en otros medios afines.

Probablemente, el fin de la crisis económica traerá aparejada la disolución de la indignación ciudadana como fenómeno de masas y como consecuencia, los actores principales serán relegados a papeles secundarios, o incluso desaparecerán de la escena pública, dependiendo de su nivel de relevancia. En periodos de estabilidad es donde los auténticos profesionales se mantienen y los oportunistas pierden toda su capacidad de convocatoria. La mejor defensa contra estos embaucadores de diversa índole no es otra que el sentido común, aunque ya se sabe que éste es el menos común de los sentidos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s